Diario de un reportero / Los mejores periodistas del país

Diario de un reportero

*Los mejores periodistas del país *Estilos de reportear de los grandes *Seguir la pista a los hechos diarios *A nadie se le dice la fuente…

Luis Velázquez 23 de junio de 2012

DOMINGO Seguir la pista a los hechos

Elías Chávez descendió del avión a las 8 de la mañana en punto y apenas trepó al coche dijo:

–Ya tengo todos los datos. Sólo falta buscar a dos que tres para que declaren los hechos.

El enviado especial de Proceso, el reportero estrella del periodismo de investigación política, mostró, incluso, copias del Registro Público de la Propiedad donde constaba la última residencia comprada por el gobernador en turno.

–Aquí, dijo, tengo el reportaje completo. Vamos por un fotógrafo ambulante, en el zócalo, para tomar las gráficas.

–¿Fotógrafo ambulante?

–Sí, para no dejar huella.

Luego, pidió hablar con algunos líderes de oposición, que por naturaleza, dijo, ‘’se oponen a todo y están en contra de todo’’.

–Je, je, je, maestro.

Así era Elías Chávez durante su estancia en Proceso y en el Excélsior de don Julio Scherer García.

Llegaba de enviado especial a una ciudad del país sólo para redondear unas pistas sobre el reportaje en proceso de elaboración.

Alguien por ahí, un contacto, le había soltado los datos. Incluso, hasta las escrituras. Y durante dos, tres días, trabajaba como un poseso, atrás de las ligas que llevara a.Luego, se encerraba en el cuarto del hotel a escribir. En el quinto día pulía y volvía a pulir el texto. Y en la noche lo enviaba a la redacción para la edición del fin de semana.

Luego pedía las primeras botellas de vino para calentar el estómago…

LUNES El cronista que tejía y destejía los hechos

Francisco Ortiz Pinchetti, el mejor cronista del siglo XX, el cronista impecable del Proceso de Julio Scherer, reporteaba de la siguiente manera: enviado especial en alguna parte de la República para seguir la pista a un ilícito, siempre a un trastupije, llegaba a la cantina más famosa del pueblo.

Sentado en un rincón, de espaldas a la pared, pedía la primera cerveza.

Y en la segunda enviaba unas cervezas a la mesa de al lado, donde unos parroquianos libaban.

Al ratito, de plano, ellos se habían pasado a su mesa, y/o viceversa, Pinchetti se había pasado a la mesa de ellos.

Y para entonces, el primer cartón de cervezas trepado en una silla de madera esperaba el consumo de los cuatro, cinco en la mesa.

Así, en medio de cervezas y cigarros, Pinchetti reporteaba el asunto estelar que andaba investigando.

Además, sin apuntar una sola palabra, un solo dato para inspirar tranquilidad, más seguridad, a los feligreses de aquella cantina. Todo confiándolo a una memoria prodigiosa.

Tres cartones después, aligerados por la euforia etílica, los cuates aquellos hablaban más de lo debido y Pinchetti seguía dando forma a la crónica estremecedora.

Después, todos, cada uno en su casa, Pinchetti en el hotel, a dormir la mona.

Al otro día, tempranito, el cronista enviado de Proceso certificaba los datos uno a uno que le habían proporcionado los amigos aquellos.

MARTES Rastrear la pista en Internet

En aquellos tiempos en Reforma, el gran reportero Ignacio Rodríguez Reyna llegaba tempranito al periódico.

Y de inmediato encendía la computadora y se ponía a checar información, lo último de la noche y la madrugada.

Luego, seguía pistas, datos, tips, señales de humo que le habían proporcionado en la víspera sus fuentes confidenciales.

Y/o en todo caso, rastreaba en internet y en las redes sociales la biografía de un político de moda en la agenda pública.

Primero, exploraba posibilidades informativas de norte a sur de la república; luego, en América Latina; después, en el resto de los cuatro continentes.

Así, y por ejemplo, descubrió un rancho que Raúl Salinas de Gortari había comprado en el sexenio de su hermano Carlos en Inglaterra.

Y hasta allá voló en vuelo comercial para reportear en vivo y a todo color el ranchito ganadero del hermano incómodo.

‘’Todo”, ha dicho Rodríguez Reyna, “está en internet, sólo basta llenarse de paciencia y buscar y buscar y buscar”.

MIÉRCOLES Un reportero se emplea de albañil

Ignacio Ramírez fue, quizá, sin duda, uno de los mejores reporteros de Proceso en el siglo anterior.

Reporteaba de la siguiente manera: igual que Günter Wallraff, el gran reportero alemán, se disfrazaba de lo que fuera necesario, usurpando una identidad, haciéndose pasar de todo, menos como reportero, para rastrear la información exclusiva.

Por ejemplo: en aquellos tiempos de José López Portillo, su íntimo amigo, el general Arturo Durazo, fue nombrado jefe de Seguridad Pública en el gobierno del Distrito Federal.

Y Durazo, dueño del día y de la noche, enloqueció con tanto poder, al grado de construirse un Partenón griego, un mausoleo para vivir en paz el resto de su vida. Algo así como la famosa ‘’Colina del Perro’’ de López Portillo.

Entonces, a Ignacio Ramírez le pasaron el tip cuando el Partenón estaba por terminarse, y el reportero se contrató de albañil y durante dos quincenas trabajó cargando, incluso, en la espalda los costales de cemento, las cubetas con arena, las palas, trepando y bajando pisos.

Y al mismo tiempo, cada día lo ocupaba para reportear al resto de albañiles; incluso, a los arquitectos e ingenieros a cargo de la obra.

Hasta llegó a obtener una copia de los planos completos del Partenón. En la bolsa siempre llevaba una cámara fotográfica portátil, suficiente para tomar las gráficas por fuera y por dentro de la residencia fastuosa.

Su trabajo fue publicado en portada y en un sólo puesto de la ciudad de México vendieron seis mil ejemplares.

JUEVES La madrugada, la mejor hora para escribir

A las 5 de la mañana, don Manuel Buendía se levantaba en su casa a escribir la columna ‘’Red privada’’, publicada entonces en la portada del periódico Excélsior.

Escribía a esa hora por las siguientes, entre otras, razones: una: es la mejor hora para la creatividad periodística y literaria. En el transcurso de la noche el cuerpo ha evaporado con el sueño las malas vibras del día anterior y el hígado, el corazón, las neuronas y el sexo están apaciguadas, tranquilos, en la plenitud, fresquecitos.

Dos: a esa hora nadie llama por teléfono para fregar la vida con un pendiente por ahí. Y con la mente aireada los dedos de la mano teclean con la más absoluta de las libertades.

Tres: es una hora sin secretarias que avisen de noticias malas, llamadas inoportunas, asuntos imprevistos, una visita fuera de programa, etcétera.

Cuatro: de 5 a 8 de la mañana escribía don Manuel y luego se preparaba para un desayuno, y como ya había escrito la columna del día siguiente, reporteaba sin premuras ni urgencias, dejando que el interlocutor hablara y hablara.

La luz de su estudio en su casa se encendía todas las mañanas de manera puntual, incuestionable, a las 5 de la madrugada, mucho antes de que el carro de la basura pasara en la calle levantando los desechos.

Un reporterazo vigilaba a esa hora el palpitar de la nación.

VIERNES Una fuente informativa a nadie se le dice…

Durante semanas, meses consecutivos, Ricardo Ravelo Galo se llevaba la noticia principal de la portada en el semanario Proceso.

Y en todos los casos publicaba datos concretos y específicos a partir de documentos que alguien (un amigo, un contacto, un burócrata, un funcionario quizá, etcétera) le filtraba.

Eran aquellos documentos oficiales de las dependencias federales encargadas de la seguridad nacional.

Su estilo periodístico llegó, incluso, a despertar suspicacias y sospechas. Mejor dicho, envidias. Otros reporteros de la fuente, colegas, directivos periodísticos, políticos, contaban, en la intriga absoluta, que Ravelo estaba al servicio de los cárteles y sus abogados y ellos eran quienes le pasaban los papelitos de los adversarios y enemigos.

Nunca, nadie, a la fecha, ha podido demostrar las acusaciones, pues simple y sencillamente, las presunciones son inexistentes.

Y, bueno, el dicho ranchero lo establece con claridad: “una fuente informativa a nadie se le dice. Ni siquiera a Dios. Menos, vaya, a los jefes del periódico’’.

Y el prestigio y la autoridad moral de Ravelo han quedado fuera de duda. Inalterable.

¿Cómo diablos hace Ravelo para obtener una copia de los documentos? El secreto lo llevará a la tumba.

Leave a Reply

Your email address will not be published.