Diario de un reportero / “Psicoanálisis de los héroes patrios”

*Madero, un presidente depresivo

*Hidalgo, rodeado de traidores

*Porfirio Díaz lloró en la tribuna

Luis Velázquez

07 de julio de 2012

Epígrafe: hay un libro fascinante. Se llama “Psicoanálisis de los héroes patrios” coordinado por el doctor José de Jesús González Núñez. Escrito por psicólogos, psicoanalistas, psicoterapeutas, doctores clínicos, etcétera. Y desde esa mirada académica desentrañan la complejidad humana de todos ellos. Una historia de vida omitida en los libros de texto. Cómo, de qué manera la infancia y la juventud son decisivas en la vida adulta. Aquí, un recuento.

DOMINGO

El presidente más depresivo de la historia

Francisco I. Madero, el político que tumbara a Porfirio Díaz de sus 33 años de dictadura, era un hombre depresivo. Cien por ciento depresivo.

De niño fue introvertido y triste. Ahí empezó la depre.

En la adolescencia, cuando Madero tenía 14 años, uno de sus hermanos, Raúl, murió de forma trágica. Y la depre se fortaleció.

En la juventud, luego de estudiar en Estados Unidos y Francia (era hijo de un hacendado), le entró más la depre cuando miró a su alrededor la pobreza de los campesinos, mientras él y su familia eran ricos.

En la edad madura, la depre se multiplicó porque nunca pudo tener hijos. No podía.

Llegado a la presidencia de la República, y debido a que era un hombre bueno, creyente de los espíritus y los médiums, se deprimía cada vez que sus adversarios y enemigos lo querían derrocar.

Se deprimió más cuando el general Victoriano Huerta, en quien confiaba a ciegas, ordenó matar a su hermano Gustavo, y a quien, además, le arrancaron los ojos.

Y más todavía porque Gustavo Madero detectó a tiempo la traición de Victoriano Huerta, y no obstante, don Panchito (así le llamaban) creyó en la inocencia de Huerta.

Madero era un hombre bueno y pensaba, estaba seguro, que todos a su alrededor eran, por añadidura, gente buena.

Y se equivocó de manera fatídica.

Peor tantito: era tan bueno que cuando le probaban la traición y deslealtad de alguien del equipo lo perdonaba y le daba otra oportunidad.

Eso lo llevó a la tumba.

LUNES

Hidalgo, rodeado de amigos traidores

Miguel Hidalgo empezó la guerra de Independencia con 15 gentes armados de palos, piedras y hondas, como quien iba a cazar palomas. Todos campesinos. A los tres días ya tenía 60. A la semana, seis mil.

Pero era un sacerdote (el más sabio de su tiempo, hablaba cuatro idiomas) lleno de angustias, con desilusiones marcadas.

Por ejemplo, en la infancia estuvo rodeado de traumas, en ningún momento derivado de problemas económicos sino ‘’de restricciones morales y afectivas’’.

La muerte de su madre. La muerte de su padre.

“Las luchas continuas en el colegio por su espíritu desafiante e inconforme’’.

El hecho que la cúpula eclesiástica de la fecha lo llevara a juicio por su rebeldía crítica.

Era Hidalgo de igual manera un hombre inhibido. Tanto, que los sentimientos de culpa le ganaban.

Por ejemplo, cuando con su ejército llegó a las goteras de la ciudad de México de pronto dio marchas atrás. Y regresó al Bajío. La razón fue una sola: los campesinos de su movimiento tenían pegada en el sombrero una estampita de la Virgen de Guadalupe. Y cuando en la batalla se lanzaban contra los realistas se quitaban el sombrero para protegerse el cuerpo, pensando que la estampita religiosa detendría las balas.

Allende empezó como su amigo. Estratega militar, quiso mandar en el ejército insurgente, donde Hidalgo era el experto.

Y como en la vida los únicos que traicionan son los amigos, pues los enemigos, ya se sabe, enemigos son, Allende estructuró‘’un plan para envenenar al bribón del cura’’.

Es más, igual que Madero, Hidalgo era un hombre bueno, y nunca visualizó la traición de una parte de su gente. Unos, porque ambicionaban el poder; otros, por envidias. Simple y llanamente, por envidias.

Tanta traición recibió en su vida que cuando los realistas fusilaron a Hidalgo le ofrecieron veinte pesos a un comandante tarahumara de apellido Salcedo, lugarteniente de Hidalgo, para que lo decapitara.

Aceptó las monedas y le cortó la cabeza.

MARTES

Morelos, otro héroe víctima de la depre

José María Morelos, alumno de Miguel Hidalgo, era un sacerdote de “carácter fuerte y alegre y con un agudo sentido del humor”.

Pero ‘’de pocas palabras’’. Pocas pulgas, vaya

“Trabajador incansable, lleno de energía”, le fascinaban las faldas. Y cuando, por ejemplo, Brígida Almonte tenía 14 años, y a quien preparaba para su primera comunión, ni hablar, la sedujo. Y Morelos tuvo a su primer hijo, de nombre Juan Nepomuceno.

En la lucha por la Independencia, en las primeras batallas, sus amigos, Hermenegildo Galeana y Matamoros, perdieron la vida, incluso, hasta degollados, Morelos entró, igual que Madero, en una depresión sin paralelo.

La depresión llegó a tanto que sobrevino el ataque de migraña que nunca se quitó.

Peor tantito, la depre lo hundió a tal grado que perdió “el interés de vivir”.

Tantito peor, según los historiadores, Morelos“se dejó capturar, excomulgar y degradar”.

Así, “lo despojaron de sus ropas, le rasparon los dedos” y lo fusilaron.

MIÉRCOLES

Zapata miró llorar a su padre…

Emiliano Zapata tuvo nueve hermanos. En Morelos agarró fama como un gran domador de caballos y los hacendados se peleaban sus servicios.

Pero mantenía la distancia, a partir de su carácter: “era un hombre que no le gustaba andar con zalamerías, ni enredos, ni dobleces ni adulonas tortuosidades”.

Su firmeza se derivó de lo siguiente: cuando era adolescente, los hacendados le robaron la tierra a su padre. Su padre, frágil y débil, sin armas, rodeado de hijos, todos menores, indignado, impotente, rompió a llorar.

Y aquella escena fue definitiva en la vida de Emiliano Zapata.

De entrada, mientras el resto de los paisanos de su pueblo, Anenecuilco, le entraban duro y tupido a la borrachera, Zapata mantuvo un férreo control sobre el consumo de bebidas embriagantes. Nunca tomó.

Discreto y mesurado en el temperamento, en la Revolución ninguno de los soldados ni de su primero y segundo círculo de poder sabían dónde pernoctaba cada noche.

Tomaba su caballo y partía, quedándose de verse con todos al día siguiente.

Unos biógrafos dicen que Emiliano era muy competente para la enagua y cada noche agarraba camino para dormir con una mujer diferente.

Otros, sin embargo, aseguran que cada noche se desaparecía, porque tenía miedo a una traición.

No obstante, el día en que confió en la amistad del general Jesús Guajardo, ese día lo acribillaron.

JUEVES

Encantaban a Pancho Villa malteadas de fresa

Algunos historiadores cuentan que Pancho Villa se fue a la revolución, luego que el dueño de la hacienda quiso violar a su hermana, él le arrebató la pistola y le disparó cayendo al suelo. Villa pensó que lo había matado y huyó.

La realidad es que Pancho Villa, primero, fue un hijo bastardo, nunca reconocido por su padre, y niño pobre que vivía en una choza con su madre. Todo mundo lo humillaba.

Y de allí nació el resentimiento contra quienes se sentían superiores…

Por eso, “se enojaba fácilmente y nunca pasó por alto un insulto”.

Es más,“fue un hombre aterrador y ninguno de sus hombres se atrevía a cuestionar sus órdenes”.

Ni siquiera, vaya, el general Rodolfo Fierro, aquel que en una borrachera agarró de tiro al blanco a 300 prisioneros en un corral de ganado y mató a 299. Sólo uno pudo escapar.

Hijo de un padre alcohólico, nunca bebió un trago. Tampoco fumaba. Ah, pero eso sí, le encantaban las malteadas de fresa, las armas, los gallos y las mujeres’’.

Bueno, para acabar pronto, Pancho Villa se casó 28 veces y fue padre de 27 hijos.

VIERNES

El día cuando Porfirio Díaz se puso a llorar

Porfirio Díaz Mori perdió a su padre en una epidemia de cólera cuando tenía tres años.

Y el trabajo duro de su madre para mantener a la familia marcó su vida.

Ingenioso, con dones naturales de líder, “con sangre fría para fusilar a los enemigos”, tenía una debilidad: las mujeres.

Atleta, galán, de pocas palabras, con pésima ortografía, pragmático, hábil negociador, era un frustrado orador.

Incluso, cuando en 1874 se convirtió en diputado federal, subió a la tribuna parlamentaria y casi quedó mudo, impactado en el Congreso de la Unión.

Así interrumpió su discurso llorando, desconsolado, “en medio de las burlas” de los legisladores.

Héroe con el general Ignacio Zaragoza en la lucha contra los franceses en Puebla, Porfirio Díaz pasó de caudillo liberal a dictador represivo y a presidente sanguinario.

Le fascinaba el dinero para comprar lealtades y conciencias, pero más aún le seducía el ejercicio del poder político.

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